Un hombre. Un lugar. El hombre abandona el lugar. Luego un espacio vacío, si somos reduccionistas. Un hombre es un cúmulo, talvez hasta un bulto, y sólo por algunos momentos es aún más atrevido que un mueble. Este hombre, el que abandona los espacios, que se sabe similiar a una pila de carnes o de ropa tan sucia, ha aceptado la escacéz de su voz, no tanto de lo que pueda decir sino del volúmen de la misma, del ruido, o del sonido. Asume que nadie lo escucha. La voz, las voces, son primordiales.
El hombre abandona el lugar, se desplaza, sostiene dos o tres ideas, piensa, quizá, obsesivamente en la autosuficiencia de ciertas cosas, en su desapego e indolencia, y en ella. Ser solo como un túnel o como una habitación -ser la habitación o ser el túnel- es lo que lo conduce a pensarse desapegado e indolente, nadie más extraño a la realidad.
Un mueble.
Ella.
Ella no es alguien, ella es un invento, si somos reduccionistas. Los hombres abandonadores de espacios, los hombres bulto, los hombres mueble, inventan. Inventar es primordial, ella es primordial.
Ella ocupa un espacio dentro de una habitación, se echa o se sienta, pronuncia algunas palabras. Luego la habitación vuelve al silencio.
Saberse el muble que ocupa la habitación que también sabes que eres.
Inventar la voz.
Después callar.
Irse.
Pensar: Llegaré al lugar que se derrumbará.